A continuación ofrecemos un extracto del libro "Historias de Mocejón", escrito por Juan Manuel Magán y editado por el Ayuntamiento para aclarar el impacto que el cólera tuvo en Mocejón y la tradición asociada a la Virgen del Carmen:
DICEN QUE EL CÓLERA FUE LA PEOR CATÁSTROFE OCURRIDA AL PUEBLO DE MOCEJÓN EN
LOS ÚLTIMOS SIGLOS
No se conoce otra que más pérdidas humanas ocasionara en menos tiempo.
Mocejón sufrió tres azotes epidémicos de cólera morbo: uno en 1834,
otro en 1855 y otro en 1885. El segundo y tercero tuvieron menor virulencia,
pero los efectos de la epidemia de julio de 1834 fueron atroces. En apenas
dos semanas se produjeron más de 400 muertes, causadas directamente por
los devastadores efectos del contagio epidémico, lo que supuso una pérdida
de en torno al veinte por ciento de la población.
Testigos directos de los acontecimientos
cuentan que los contagiados morían apenas transcurridas 24
horas después de aparecer los primeros síntomas –leve dolor de vientre,
seguido de fuertes diarreas, que originaban unos dolores intensísimos–. Las
primeras defunciones se registraron el 11 de julio. Hubo días en que se enterraron
más de cuarenta cadáveres. El pueblo quedó inmediatamente acordonado
por tropas que impedían la salida del mismo a sus moradores. Se formó
una Junta Local de Sanidad que determinó de inmediato que la inhumación
de los cadáveres se realizara fuera de la iglesia, acordando que los enterramientos
se efectuaran en el viejo cementerio de la Veracruz, que pronto resultó
insuficiente, haciéndose forzoso el traslado de los fallecidos al Campo
Santo. Decidieron también suspender el toque de las campanas, los funestos
clamores, para no infundir mayor pábulo en la población, sumida en la desesperación
y el pánico más absolutos.
¿SE CEBÓ LA ENFERMEDAD DE MANERA ESPECIAL EN ALGÚN SECTOR DEL VECINDARIO?
El contagio afectó a la población en general, a hombres y a mujeres, de
cualquier edad y condición, incluyendo a un nutrido grupo de segadores
manchegos empleados a la sazón en las haciendas del pueblo. La situación
fue extremadamente crítica y angustiosa. Hubo familias que perdieron a más
de la mitad de sus miembros. Nunca en la historia reciente de Mocejón se
conoció circunstancia más aciaga, pues la indefensión era absoluta y la capacidad
de hacer frente al peligro que les acechaba era nula.
Y EN AQUELLOS SOMBRÍOS MOMENTOS, LOS
MOCEJONEROS PUSIERON EN SU VIRGEN DEL
CARMEN TODAS SUS ESPERANZAS, INVOCANDO
SU INTERCESIÓN.
El día de la Virgen del Carmen se
registraron más de treinta fallecimientos.
Pese a todo, un nutrido grupo de devotos,
acordaron sacar en procesión su
venerada imagen, por la que Mocejón ha
tenido tradicionalmente una muy particular
devoción, clamando su intercesión
para que el maléfico contagio abandonara
el lugar. La escasez de medios con los
que combatir la epidemia multiplicó el
fervor de tan despavorida población,
cuya fe ciega en la Virgen del Carmelo
atribuyó a su intercesión la rápida desaparición
de los mortíferos efectos de la
enfermedad, que remitió paulatinamente
hasta extinguirse en los últimos días de
aquel infausto mes de julio.
¿Y CÓMO ES QUE NO SE SACÓ EN PROCESIÓN A LA PATRONA, LA VIRGEN DE LAS
ANGUSTIAS, O A ALGÚN SANTO PROTECTOR DE LAS EPIDEMIAS? ¿CÓMO ES QUE NO SE
TRAJO EN PROCESIÓN A SAN SEBASTIÁN, DESDE SU ERMITA?
Parece lógico pensar que, de acuerdo con la mentalidad de la época, cada
santo protector de las distintas adversidades que han amenazado a los hombres
debiera ser invocado en razón de la coyuntura que así lo aconsejara. San
Gregorio, pongamos por caso, contaba en Mocejón con un aprecio muy especial, pues a su milagrosa intercesión se atribuyó en tiempos la extinción
fulminante de una plaga de langosta que azotaba los campos del término.
Sin embargo se acudió a la Virgen del Carmen, muy
probablemente por la coincidencia de su festividad en plena efervescencia
del brote epidémico. Además, el fervor del pueblo de Mocejón por la
Virgen del Carmelo contaba con una tradición secular, que se afianzó de
modo muy especial a raíz de la fundación de la hermandad de su advocación,
en 1659, con sede en la antigua iglesia de la Ve racruz, a la que vulgarmente
se llamaba la ermita de la Virgen del Carmen.
El religioso carmelita
fray Gabriel de Cabrera Encinas, impulsor de la mencionada hermandad,
fue quien de modo más decidido promovió la devoción hacia la
Virgen del Carmen en Mocejón.
ES DE IMAGINAR QUE LA ESTIMA DE LOS MOCEJONEROS POR LA VIRGEN DEL CARMEN SE
MULTIPLICÓ A PARTIR DE AQUEL FATÍDICO AÑO 1834
Así fue, hasta el punto que la cegación por ella hizo palidecer cualquier
otra preferencia por devociones particulares a las que los mocejoneros tradicionalmente
tenían mayor dilección. Aquel mismo año se hizo voto de
festejar su día, en acción de gracias por su eficaz y prodigiosa intercesión.
El año después de la tragedia se celebró la primera función en cumplimiento
del voto. La procesión con la imagen de la Virgen revistió una
solemnidad digna de quedar reflejada en las crónicas. Cuentan que las
calles, el ayuntamiento y la plaza se engalanaron de modo muy especial,
con profusión de adornos florales y colgaduras, colchas y sábanas. Se instalaron
sendos arcos florales, al estilo de como se acostumbraba en las
solemnidades del Corpus. La banda de música del pueblo realzó el discurrir
de la procesión, en la que se dieron cita todo el vecindario y un gran
gentío de las localidades vecinas. Dicen las crónicas que no hubo pólvora, por evitar algún incendio en las mieses. Desde aquella época, el 16 de
julio constituye el día clave del calendario festivo mocejonero.
A partir de
entonces, la procesión de la Virgen del Carmen viene actuando como un
potente imán, cuya fuerza centrípeta atrae con brío inusitado a los mocejoneros
de toda condición.
EL MOMENTO EN QUE SE ENTONAN LAS CÉLEBRES COPLILLAS ES MUY EMOTIVO
Los sones de la música de las coplillas
constituyen el himno oficioso de Mocejón. En
el discurrir de sus compases, al tiempo que se
cantan las coplillas, viene a la mente de todos
los que concurren a tan emotivo acto el
recuerdo de los que nos han precedido y ya no
están presentes. La presencia de la Virgen bella
del Carmelo bajo el arco que, siguiendo la tradición,
se instala en la calle Dos de Mayo,
engalanado con cintas multicolores, adornos
florales y mantones de Manila, y del pueblo
arracimado en torno a la carroza hacen que se
cree una atmósfera en la que se mezclan
recuerdos de toda índole, con preces y plegarias
por todos los nuestros, con la mirada esperanzada
en un futuro mejor para nuestros seres
queridos y, por encima de todo, con la ilusión
de vo l ver a encontrarnos al año siguiente en
tan especial cita, entonando de nuevo las
coplillas a nuestra Virgen del Carmen.
¡SERÁN MUY ANTIGUAS LAS COPLILLAS!
Debieron escribirse en los años inmediatos al aciago 1834, aunque el
dato preciso lo desconocemos. Sí se sabe que salieron de la pluma de un
anónimo fraile capuchino. Tampoco se conoce quién compuso la música
a cuyos sones se cantan. La letra de sus diez estrofas alude a los sucesos
de 1834, siendo la novena la que sintetiza la voluntad de perpetuar
Mocejón su eterno agradecimiento a tan singular abogada y mediadora:
Del favor que ha recibido / por vos del Omnipotente / Mocejón eterna -
mente / mostrándose agradecido / os dará el culto debido / en prueba de
su gran celo. [Ver texto completo de las coplillas]
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